¡Diles que no me maten (remake)!

A partir del cuento de Juan Rulfo ¡Diles que no me maten!, se pidió a los alumnos que escribieran un relato con las técnicas narrativas vistas en clase. El resultado fue estimulante y variado. Aquí va una muestra de ello.

Fotografía de Juan Rulfo

Estos hechos sucedieron, hace bastante tiempo, en los alrededores de Ávila.

Existía una aldea bastante pequeña, deteriorada, apartada, algo aislada del mundo real. Aquí habitaban alrededor de 2.500 habitantes, llevaderos de vidas rurales, humildes, tranquilas, que no mostraban interés hacia las nuevas tecnologías, entre ellas, el teléfono: “Para eso ya están las cartas”; o la televisión: “¿De qué sirve eso, si se puede saber, teniendo ya el periódico?”. 

Cerca de esta aldea se localizaban unos terrenos, donde pastaban vacas y ovejas; unas viñas donde, al llegar septiembre, se realizaba la recolecta, manual y tradicional; y unos caminos bastante solitarios.

Volviendo a los terrenos. Estos estaban divididos en dos: un tercio del terreno pertenecía al señor Blas, y los otros dos tercios correspondían al señor Fernando. Estos eran dos hombres que rondaban los 45 años, que llevaban ya algunos años dedicándose al ganado, particularmente a las ovejas.

Blas era un hombre mediocre: vestía siempre jersey de mala calidad, marrón o mostaza, lleno de bolas de tejido desprendido, dando mala presencia; unos pantalones desgastados grisáceos; y unas botas de montaña, siempre recubiertas de barro o estiércol.

Era bajito, tenía el pelo castaño claro, la piel blanca como la tiza , los ojos azules saltones, la nariz grande, las orejas pequeñas,casi siempre rojas, pues el frío se las dejaba rígidas como una piedra; los labios muy pequeños, carecían de color; su cuerpo era delgado, su ropa siempre le quedaba algo grande; y los pies; al igual que él, eran pequeños.

Siempre llevaba una expresión seria en la cara, algo amenazante, y por ello no se solía acercar nadie a él, salvo su familia, formada por su esposa, María, y sus dos hijos, Carlos y Lolo. También era algo irrespetuoso y nada bondadoso, él siempre pensaba para sí mismo que él era libre de hacer lo que él quisiera, se lo merecía al trabajar y cuidar a las ovejas.

Fernando, en cambio, era un hombre de clase más alta, adinerado, debido a su prosperidad en el mercado vendiendo quesos que hacía con la leche de sus ovejas. Tenía empleados a su disposición que le cuidaban el ganado y sus tierras, siempre productivas y perfectas.

Vestía ropa de calidad, alternando cada día. Era alto, de pelo abundante y oscuro, moreno y presentaba un cuerpo fuerte. Él, frente a los comerciantes y a las personas ajenas de su vida, también tenía una expresión seria y no era muy amigable, pero, en el fondo, era un buen hombre que quería siempre lo mejor para su familia. Tenía un hijo de unos 9 años llamado Manuel, al que llevaba al mercado para que pudiese ver los comercios en los que algún día podría trabajar.

Una mañana de invierno, Blas, sin ganas de rellenar el rebosadero del pilón de sus ovejas, dejó que estas pasasen a beber al río. Este río pertenecía al territorio de Fernando, que, en ese momento, estaba pasando para comprobar que todo iba bien en su terreno. Al ver a lo lejos las ovejas de Blas, se acercó sacando un arma; no quería que nadie pisara su propiedad. “¡Oiga, usted, aparte a sus ovejas de mi río inmediatamente o deberá enfrentarse a las consecuencias!”- gritó Fernando. “¿De qué consecuencias habla usted?- Rió Blas.”Se lo diré clarito: Si usted vuelve a adentrarse en mi propiedad ,mataré a una de sus ovejas”- Vociferó Fernando. “Usted no se atreverá, o se arrepentirá”- respondió Blas, y así se finalizó la conversación.

Pasaron unas semanas y Fernando cumplió su promesa: mató a una de las ovejas de Blas al encontrarla bebiendo de nuevo en el río. Blas no lo descubrió hasta la tarde: pues había salido aquella mañana a comprar una pistola; aunque el señor Fernando no le asustaba, sentía el deber de protegerse en caso de que cumpliese su amenaza.

Cruzó el prado y llegó a su casa. Se cambió y salió de casa para alimentar al ganado. Al llegar, quedó boquiabierto: ¡Aquel imbécil había matado a su oveja! 

Observó que la había matado rajando su tripa, de la cual salía un brote de sangre, que se había quedado impregnada en la lana de la oveja, de un color marrón oscuro. Acarició su piel con sus dedos. Estaba fría como el hielo, muerta, quieta, tan quieta, como una estatua de mármol; parecía que jamás había vivido, que nunca se había movido, como si fuera un ser inerte.

Blas, perdido en sus pensamientos, volvió a la realidad. Lentamente, levantó su cabeza y comenzó a temblar. Primero sus manos, y después su cuerpo entero. Enfurecido, se puso en pie y se dispuso a andar. En principio no sabía cómo o qué iba a hacer, solo sabía que estaba enfadado, muy enfadado, y que le iba a poner fin a su ira. Llegó a la puerta de la casa de Fernando. Probó abrirla y no pudo. Estaba cerrada. Comenzó a golpearla con fuerza y Fernando , con un gesto sorprendido, abrió la puerta. Estaba solo, no había nadie en casa. Sin esperar ni un segundo más, Blas entró en la casa y cerró la puerta.

Lo que pasó después transcurrió muy rápidamente. Cogió su pistola, apretó el gatillo y apuntó. Disparó. Observó cómo caía el cuerpo de su enemigo al suelo. Cogió su pistola, robó todo el dinero que encontró en un cajón y salió de la casa sin dejar rastro.

En aquel momento, mientras caminaba hacia su casa, solo pensaba en una cosa: debía salir de esa zona cuanto antes, no quería admitir su culpabilidad, ese hombre había matado a su oveja y merecía pagar por ello, y así había sido. Entró en su casa. “¡Familia, nos marchamos! ¡Me han recompensado por mi duro trabajo con una buena cantidad de dinero que nos permitirá llevar una vida razonable!”- Anunció con una sonrisa de oreja a oreja. Los hijos y la madre se miraron con extrañeza pero aceptaron, tampoco tenían nada mejor que hacer. Empaquetaron sus pertenencias en seis bolsas grandes de tela, y marcharon de ahí hasta la estación de tren, donde cogieron un tren que iba a un pueblo en la montaña. Subieron a un vagón los cuatro, apretujados, pues claro, Blas se había traído a sus ovejas. Ese día dieron comienzo a su nueva vida en la sierra, incógnitos y escondidos, pero eso solamente lo sabía Blas.

Pasó el tiempo. Con el dinero robado, Blas pudo comprar una cabaña algo apartada del pueblo y pudo proporcionarle a su familia lo básico para vivir. Carlos y Lolo jugaban en las montañas; cuando era invierno, jugaban con la nieve. Su padre siempre les vigilaba. 

Para él, en ese lugar estaban sanos y salvos, y vivían de la mejor manera posible, pero con el paso del tiempo sus hijos se hicieron mayores. Hacían muchas preguntas, querían saber si podían volver a su antigua casa, y, ante la negativa del padre, decidieron marchar al extranjero para estudiar y conocer el mundo.María, la esposa, no estaba a gusto con él, algo la incomodaba, tenía un presentimiento de que algo malo ocurría con él. Tras darle muchas vueltas, decidió separarse de él y marchó a Andalucía, donde tenía a su hermana y a sus sobrinos.

Y así fue como Blas quedó solo, sin familia. Tan solo tenía la compañía de sus ovejas.

Cada vez iba envejeciendo más: su pelo castaño adquirió un gris sucio; sus ojos, tan saltones, perdieron aquella expresividad. 

En definitiva, era un anciano indefenso, dedicado a su ganado.

Un día normal, Blas estaba en su cabaña, tomando un café, cuando escuchó gritos y pasos en su puerta. Estos venían de unos soldados, quienes venían armados, con la orden de detener a Blas. Su delito había sido descubierto. Se dejó esposar y fue transportado a comisaría.

Al llegar allí, fue llevado a una sala donde fue interrogado por un coronel:

“¿Usted recuerda al señor Fernando? Responda sinceramente”- Preguntó este. Blas asintió, tembloroso. “Está muerto”- Susurró. “Ya lo sé, era mi padre.”-Dijo el coronel.” Es duro crecer sin un padre, tenía 9 años cuando me lo arrebataron. Él era buena persona: jugaba conmigo y me enseñaba muchas cosas; me daba amor, el amor que solo puede darte un padre, y ni despedirme de él pude”- Miró al anciano fijamente. “Pero lo que más me duele es que su asesino siga en este mundo, como si no hubiese hecho nada. Y va a pagar por ello”-dijo el coronel enfurecido. Llamó a los soldados y les ordenó que se llevasen al anciano al calabozo y lo fusilasen a la mañana siguiente. Blas, asustado y alterado, gritó: “iTened compasión! ¡Fíjense en mi! ¡Soy un hombre que se equivocó, no quería hacer daño a nadie!

No hicieron caso a estas palabras y lo encerraron. Blas, rendido, bajó la cabeza, pensando en su final tan terrible,tan trágico, cuando, de repente, se abrió la puerta y se asomó una cabeza. Era su hijo Lolo, que, tras escuchar lo ocurrido, venía a despedirse de su padre.

“¿Por qué mentiste tanto, padre?¿Cómo fue capaz de hacer algo tan terrible y atroz?- Preguntó Lolo tristemente. “Lo siento hijo, estoy arrepentido de lo que hice, si, muy arrepentido, ¡tienes que creerme! Por favor te pido, habla con el coronel y pídele que recapacite, que no me quite la vida.”- Pidió Blas agitado.

Lolo hizo todo lo que pudo. Él creía a su padre, pues, al fin y al cabo, él le había criado y cuidado, ¿cómo iba a hacer algo así? Pero, aún así, el coronel le dijo que no, la decisión estaba tomada, se iba a hacer justicia…

Al día siguiente, hacía un día estupendo. El cielo estaba azul, con alguna nube blanquecina, apenas distinguible. Los pájaros cantaban. Los niños corrían y jugaban en la montaña, justo como lo hacían los hijos de Blas y María. Las ovejas pastaban en el prado y bebían agua fresquita de los riachuelos. En un camino empedrado, caminaba un burro de color gris, que avanzaba despacio . Sus pasos eran pesados y levantaban el polvo del suelo. Llevaba una carga en la espalda que le impedía avanzar con normalidad. Esta carga era el señor Blas, que, envuelto en un pañuelo negro, permanecía inmóvil tras haber sido fusilado por los soldados.

Amanda Harben 4B.

(El cuento original de Juan Rulfo lo puedes leer aquí)

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