El sur, de Eva Fernández

Un año más, los alumnos han escrito un remake del cuento «El sur» de Jorge Luis Borges. Ahí va uno de los ejercicios más sobresalientes, escrito por Eva Fernández de Segundo de ESO.

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Eran las seis de la tarde, y, como cada día, Javier volvía a casa de un duro día de trabajo.  Había pasado un mal día y lo único que quería era volver a su casa a tumbarse en el sofá.

Javier era un hombre agradable, de unos 40 años, piel clara y pelo rojizo.  No era muy alto y tampoco tenía un gran físico.  Caminaba por la calle casi arrastrando los pies, como todos los lunes.  A pesar de que era casi de noche, su rostro seguía reflejando las ojeras que se habían formado bajo sus ojos. Javier estaba concentrado en sus pensamientos y caminaba con descuido.  El cielo estaba muy oscuro y pudo apreciar cómo unas negras nubes se desplazaban hacia él.

Al poco rato comenzó a llover.  El hombre no llevaba paraguas y su viejo y desgastado abrigo no tenía capucha.  Por ello, decidió correr hasta llegar a su piso.  Abrió el portal y subió las escaleras lo más rápido que pudo.  Desafortunadamente, resbaló por culpa de sus mojadas zapatillas y cayó al suelo de cabeza.  Desorientado, Javier notó como un líquido rojizo recorría su cara.  Intentó levantarse para pedir ayuda, pero estaba demasiado mareado como para hacerlo.  Para colmo, su móvil se había caído del bolsillo y se encontraba varios escalones por debajo.

Entonces, una joven mujer se acercó a él preocupada y le examinó rápidamente.

– ¡Socorro! ¡Socorro! – repetía continuadamente, sin escuchar ninguna respuesta.

Cuando se tranquilizó, cogió su móvil y llamó a una ambulancia.

– Te pondrás bien – le decía mientras sus ojos se cerraban. – Pronto llegarán.

El sonido agudo de la sirena de la ambulancia le despertó.  No podía mover la cabeza, algo se lo impedía, pero no sabía con certeza lo que era.  Estaba completamente inmovilizado y ya no sentía ningún dolor en la cara.  Los movimientos suaves del automóvil lo adormilaban tanto como los viajes en coche que hacía con su familia.  Consiguió diferenciar a un señor alto, rubio y un poco mayor que él, que le miraba piadoso.

La ambulancia llegó rápido al hospital, donde unos doctores con largas batas blancas se acercaron corriendo al nuevo paciente.

– Tiene un golpe severo en el frontal, necesita una operación de urgencia – exclamó el paramédico que le acompañaba.

– Llévenlo a la sala 2 – dijo un doctor de avanzada edad.

Un enfermero arrastró la camilla hasta una pequeña sala donde le revisaron antes de la operación.  Javier estaba cansado y, aunque las enfermeras insistían en que no podía dormirse, sentía que estaba a punto de hacerlo.  La sala era muy pequeña y todos se movían de un lado para otro sin saber muy bien qué hacer.  El paciente empezaba a quejarse de dolor y tuvieron que trasladarlo al quirófano.

Era una sala grande de color azul turquesa.  En realidad, estaba muy mal decorada, pero a nadie le importaba.  Unos grandes focos iluminaban una camilla un tanto extraña.  Acoplaron a Javier y lo sujetaron para que no se moviese, mientras un cirujano le inyectaba un amarillento fluido por una vía.

Lo último que escuchó Javier antes de dormirse por la anestesia fue :  «Cuando despiertes te sentirás mejor».

La intervención duró varias horas.  El personal del hospital ya había contactado con su hermana, Emma, que había acudido al lugar de inmediato.  Emma lloraba desconsolada y caminaba cabizbaja en la sala de espera.  Tenía el maquillaje corrido por las lágrimas, y su pelo se había encrespado con el viento de la calle.

– Por si no hubieran ocurrido ya suficientes desgracias en esta familia – se dijo justo antes de ver a un doctor salir de la UCI.

Mantuvieron una larga conversación donde el doctor, finalmente, dijo que Javier se encontraba estable.

Emma se acercó hacia la habitación de su hermano, donde aún descansaba.

– ¡Qué susto me has dado! – le susurró dándole un beso en la frente – Mientras te recuperas yo cuidaré de ti.

Ya habían pasado varias semanas desde la operación.  Javier había caído en un profundo sueño del que no conseguía despertarse.  Emma no se había separado de la cama de su hermano y cada noche se escuchaba su desesperado llanto.  Los médicos intentaban ser positivos, pero sabían que a Javier le esperaba una muerte inminente.  A pesar de lo que decían los médicos, Emma seguía esperando que su hermano pequeño abriera los ojos y todo volviera a la normalidad.

Javier se encontraba en una habitación muy espaciosa, es más, era la más grande del hospital.  Las enormes ventanas dejaban pasar los rayos del sol, que, en cuestión de segund0s, iluminaban la habitación al completo.  Cerca de su cama había una gran estantería llena de libros y revistas, y a su derecha, un globo con forma de corazón.

La enfermera entró en la habitación, como cada mañana, y revisó las constantes del paciente.  Fue justo entonces cuando ocurrió el milagro.  Javier abrió los ojos y, desconcertado, intentó levantarse de la cama.  Emma, sobresaltada y sorprendida, corrió hacia su hermano y lo tranquilizó.

Nadie en el hospital podía creérselo.  Muchos curiosos se asomaban a la puerta de la habitación y observaban cómo, en efecto, estaba despierto.

– Es un milagro – oía repetir a los médicos una y otra vez.

Tardó un par de meses en recuperarse, pero al fin le dieron el alta.  Su hermana se comportaba de una forma muy extraña desde que Javier despertó, como si todo siguiera igual y él nunca hubiera despertado.

Esa misma noche, ya acomodado en su casa, estuvo reflexionando sobre lo rápido que una persona puede morir, sin disfrutar apenas de su vida.  En ese instante decidió realizar algo que siempre había soñado, un viaje fuera del país, llegando todo lo lejos que pudiera.  Al día siguiente se lo dijo a su hermana, aunque desgraciadamente no le podía acompañar.  Preparó sus maletas y por la tarde se dispuso a salir.

– Ten mucho cuidado – le dijo Emma mientras Javier subía al coche. – Y llámame cada día.

Ya había pasado una semana.  Javier ya había visitado muchos lugares con los que siempre había soñado.  Era la hora de comer y Javier decidió parar en un bar cercano.  Entró por la puerta muy animado, el viaje le estaba ayudando a despejarse.  Junto a la entrada de la cocina había unos hombres de pelo largo y ondulado.  No tenían una pinta muy amistosa.  El hambriento viajero tuvo que sentarse en la mesa más próxima a ellos.  Estaban fumando a pesar de que las normas del restaurante lo prohibían y Javier decidió decírselo.

– Disculpadme, pero en este local no se puede fumar y están molestando al resto de los clientes – dijo firme.

– ¿Y qué?  Nadie se ha quejado, así que, si tienes algún problema conmigo, lo podemos resolver fuera.

El hombre se levantó bruscamente y rompió dos botellas de cerveza que tenía a su lado.  Le entregó una a Javier y salió furioso.  Éste, que se iba a ir del bar sin hacer caso al hombre, fue agarrado y arrastrado hacia fuera por dos amigos del que parecía ser el cabecilla del grupo.  En ese momento, Javier pudo escuchar cómo un corazón se ralentizaba y se apagaba muy despacio, desapareciendo por completo, en unos segundos.

Eva Fernández, 2ESO

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