Alumnos (des)motivados

En España, según el Ministerio de Educación, el 16% de los estudiantes no llega a terminar la Educación Secundaria Obligatoria. La desmotivación, entre otras razones, les lleva a caer en el temido fracaso escolar.


Miles de adolescentes acuden al instituto todos los días. Algunos acuden por voluntad propia y otros, por obligación. Todos se juntan allí y conviven mientras sus profesores tratan de enseñarles y educarles. Por desgracia, una gran parte de estos alumnos no tiene la voluntad necesaria para continuar con sus estudios. Muchos no acuden a clase con predisposición a aprender y se desesperan por el hecho de no llegar al aprobado. 

A veces, los estudiantes se esfuerzan, pero, a pesar de ello, no obtienen los resultados que querían, como en el caso de N.R. , una alumna de 4º de ESO: “Estudio alrededor de dos horas todos los días y me han quedado siete asignaturas”. En cambio, su compañero, G.S. , que ha aprobado todas las materias, nos dice: “Estudio una hora y media normalmente, aunque estudio más cuando hay exámenes”. La mayoría de las veces, la cantidad de horas no refleja la calidad del estudio; y el instituto no enseña a adquirir los conocimientos necesarios de la forma adecuada.

La motivación es uno de los factores más importantes en la vida de un alumno, y los suspensos no les ayudan a mantenerla hasta el final del curso. “Cuando suspendo, me siento bastante mal. Sé que lo he intentado, pero me siento inútil, aun sabiendo que algunas las suspendo porque no se me dan nada bien” nos cuenta una alumna de 3º de ESO. El apoyo y la motivación tanto por parte de la familia como por parte del profesorado son muy importantes en la vida académica de los alumnos: si estos los reciben desde una edad temprana, todo será más fácil a la hora de aprender.

En cambio, son muchos los padres y madres que optan por utilizar los castigos reiterados como medio de mejora en el rendimiento y calificaciones de sus hijos. Las investigaciones en psicología han demostrado que este método cambia el comportamiento más inmediato, pero que no actúa sobre el que se tendrá a largo plazo. Además, genera inseguridad, baja autoestima y agresividad, entre otras consecuencias. En muchos casos hay una falta de comunicación y los padres nunca llegan a entender la situación de sus hijos, lo que provoca un descontrol en la vida académica y personal de los estudiantes. Los estudios que se han hecho sobre este tema defienden usar las metas y recompensas para llegar al fin que se busca, teniendo en cuenta que no todos los alumnos y alumnas son iguales y que no tienen los mismos objetivos.

Así como lo que pasa en casa es importante, en el instituto también hay que tener en cuenta algunos aspectos. Los profesores juegan un papel esencial en el aprendizaje. Las clases duran 55 minutos y el tiempo promedio de duración de la concentración en estas edades es de 35 minutos. Esto indica que una parte importante de la sesión se desaprovecha todos los días. Muchos docentes hablan durante unos 20 minutos en los que probablemente no está atendiendo ni siquiera un 30% de la clase. “Solo presto atención a las cosas que me interesan porque si no me aburro”, dice R.X. , uno de los alumnos que vive este problema. Los docentes son personas dedicadas a transmitir conocimientos, por lo que la enseñanza y la formación depende mayoritariamente de ellos. Todo esto nos muestra que lo ideal sería realizar clases más activas en las que se integre a los alumnos para que puedan aprender todos, sin excepciones.

Los jóvenes de estas edades dedican mucho tiempo a sus compañeros y amigos, y en una gran parte de los casos, los amigos y compañeros con los que se juntan influyen en su forma de enfrentarse al instituto y al aprendizaje. Por ello, es habitual encontrarse a grupos enteros de amigos con unos resultados parecidos y que dedican aproximadamente las mismas horas a estudiar. Este es el caso de L.M. , que ha suspendido cuatro asignaturas. Ella nos dice: “Tengo amigos de todo tipo, pero a la mayoría les ha quedado alguna”. Las amistades forman un ambiente que puede hacer que un alumno mejore notablemente su rendimiento o, por el contrario, lo empeore.

Además de la falta de motivación, también existe la falta de tiempo. Muchos alumnos tienen que compaginar las clases y el estudio de las asignaturas del instituto con las actividades extraescolares. Esta situación se suele dar cuando acuden a conservatorios, a academias de idiomas o a deportes de competición. Una alumna de la ESO nos cuenta: “Me es muy difícil estudiar los exámenes, ya que por las mañanas estoy en el instituto y las tardes las paso en el conservatorio”. Los estudiantes que quieren tener vida aparte de lo académico tienen encima una carga excesiva, lo que impide que puedan dedicar las horas necesarias al estudio para obtener buenas calificaciones. El problema para muchos alumnos no es el número de extraescolares o el tiempo que se dedica a estas, sino que no sean suficientes las seis horas que pasamos todos días en el instituto y que se tengan que realizar tareas en casa, perdiendo tiempo de ocio personal y de desconexión de la rutina.

Aunque haya personas que no llegan a los resultados esperados, también hay personas que sí los consiguen. A estas últimas, muchas veces no se les da el reconocimiento y valoración que merecen. Se le da más importancia a la cantidad de suspensos que al número de sobresalientes. Hemos hablado de las metas como medio, y para esto es importante hacer saber a alguien cuándo hace bien las cosas, valorando sus méritos y esfuerzos de alguna manera para así motivarlo.

La conclusión de todo esto es que se tendrían que realizar cambios en la educación. Así como evolucionamos en tantos aspectos, deberíamos también progresar en la forma en la que se enseña, teniendo en cuenta las necesidades y capacidades individuales. Los estudiantes no aprenden, solo estudian para aprobar un examen y más tarde olvidarlo todo. Ir al instituto debería ser agradable para todo el mundo. El fracaso y abandono escolar se podrían reducir considerablemente si los alumnos tuvieran ganas de aprender. 

Lucía Sierra Carracedo y María Fernández Galiana

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